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Cómo maquetar una novela para imprenta

Maquetar no es elegir una tipografía bonita. Es tomar una docena de decisiones que el lector no verá nunca si están bien tomadas, y que le harán cerrar el libro si están mal.

Empieza por el formato, no por la letra

El tamaño de página condiciona todo lo demás. En narrativa en castellano los formatos vivos son pocos: 13 × 20 cm para novela comercial, 14 × 21,5 cuando se quiere holgura, 15 × 23 para edición cuidada y ensayo, y 11 × 18 para bolsillo. Elige uno de esos antes de tocar nada.

La razón es económica además de estética: las imprentas tienen máquinas pensadas para ciertos pliegos, y un formato raro se paga.

Los cuatro márgenes no son iguales

Es el error más frecuente de quien viene de Word. Un libro impreso tiene cuatro márgenes distintos, y la asimetría no es un capricho:

  • Interior (medianil): el mayor. Es el que se traga la encuadernación. Si lo haces igual que el exterior, el lector tendrá que forzar el lomo para leer el final de cada línea en las páginas pares.
  • Exterior: algo menor que el interior, pero generoso: ahí van los pulgares.
  • Cabeza: el más pequeño de los verticales.
  • Pie: mayor que la cabeza. Un texto ópticamente centrado está más arriba que uno centrado matemáticamente, porque el ojo sitúa el centro por encima del centro real.

Para 13 × 20 cm, un punto de partida sensato: 20 mm de interior, 15 de exterior, 15 de cabeza y 20 de pie. Y el medianil crece con el grosor: un libro de 500 páginas necesita 25 mm o más, porque el lomo se cierra sobre sí mismo.

Los capítulos abren en página impar

En un libro abierto, la página impar es la de la derecha —el recto—, y es la que el ojo encuentra primero. Por eso ahí abren la portadilla, la dedicatoria y cada capítulo. Si un capítulo termina en impar, la página siguiente se deja en blanco, sin folio ni titulillo, y el siguiente arranca en la impar de después.

Esas blancas no son un desperdicio: son la respiración del libro. Un volumen donde los capítulos empiezan donde caiga se lee como un documento, no como un libro.

Los preliminares van aparte

Antes del capítulo uno hay páginas que no cuentan como cuerpo: portadilla, portada, página de créditos, dedicatoria, cita, índice. Se numeran en romanos minúsculos —i, ii, iii— o no se numeran en absoluto, y el folio arábigo 1 empieza en la primera página del texto.

Ninguna página que esté en blanco, ni las que abren capítulo, lleva folio ni titulillo visible. El número sigue contando; simplemente no se imprime.

Las líneas que no se toleran

Una línea viuda es la última de un párrafo que queda sola al principio de una página. Una huérfana es la primera línea de un párrafo abandonada al pie. Las dos se corrigen empujando una línea más, y en un libro bien compuesto no hay ninguna.

Tampoco se admite que la última línea de un párrafo sea una sola palabra corta, ni más de tres guiones de partición seguidos al final de líneas consecutivas.

La sangría, no el espacio

En un libro, los párrafos se separan con sangría de primera línea, no con una línea en blanco. La sangría ronda un cuadratín —el ancho del cuerpo de letra—, y el primer párrafo de cada capítulo o después de un salto de escena va sin sangrar, porque no hay nada de lo que separarlo.

El espacio entre párrafos es una convención de pantalla y de carta comercial. En narrativa impresa desperdicia papel y rompe el bloque de texto.

Justificado y partición

La narrativa se compone justificada a ambos lados, y eso obliga a partir palabras. Sin partición, el justificado abre huecos entre palabras que forman ríos blancos verticales atravesando la página. Con partición en castellano, y una caja de 60 a 70 caracteres por línea, el gris del texto queda parejo.

Compruébalo con tu propio texto

Pliego aplica todo esto por defecto: márgenes asimétricos, capítulos en recto, preliminares sin numerar, sangría de primera línea y partición en castellano. Pega tu novela y sal con un PDF ya maquetado.

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